Un minuto en la vida del mundo

Actualizado: hace 2 días

Ayer en la noche se inauguró en Q Galería, un espacio de la Universidad San Francisco de Quito, la exposición "Un minuto en la vida del mundo", bajo la curaduría de Micaela Arias. Esta propuesta reúne a un grupo de siete artistas convocados para representar, desde sus respectivas miradas y formatos, aquellos instantes fugaces que suelen pasar desapercibidos, pero que reclaman ser capturados y “podrían cambiar nuestra manera de estar frente al mundo”. Aunque quizás no esté explícitamente formulado en el texto curatorial, mi percepción personal vinculó el título de Sala con la naturaleza y el cambio climático.
El espacio albergó obras vinculadas más a las artes visuales contemporáneas que a las artes plásticas tradicionales. Se trata de obras conceptuales que abren múltiples lecturas para el espectador; si bien pueden sugerir un camino interpretativo desde sus títulos, su propia naturaleza abstracta vuelve indispensable la mediación, ya sea a través del diálogo con la curadora o con los propios artistas.

Una de las propuestas que llamó mi atención, y de la cual pude obtener una contextualización directa, fue la de Gabriel Pérez. El artista trabaja con fotografía instantánea sobre paisajes naturales —a los cuales concibe desde el principio de lo femenino— y los pone en tensión con monolitos moldeados en arcilla, representación de lo masculino. El diálogo sucede cuando interviene las fotografías con óleo e integra visualmente estos monolitos dentro del paisaje. De este modo, la lectura se desdobla: el paisaje, de carácter esencialmente apreciativo, al recibir la superposición del monolito —otra entidad contemplativa por sí misma—, nos confronta con dos dimensiones de contemplación coexistiendo en una sola imagen. Poder conversar directamente con el artista enriquece la mirada sobre la obra y permite dimensionar cómo articula el concepto de la dualidad en su producción.

Más que detenerme en el análisis de cada propuesta, mi reflexión busca cuestionar cómo las obras actuales demandan un trabajo articulado para su activación e interpretación. No comparto la idea de que el arte deba entenderse de forma rígida; para mí, basta con hacer una pausa frente a la obra y observar —independientemente de si se manifiesta en un lienzo, una fotografía, una instalación o un video— para que la experiencia cobre sentido.
Sin embargo, en el panorama actual y en espacios integrados por artistas con dinámicas de formación distintas a las académicas tradicionales, emergen búsquedas más arriesgadas que precisan de esa activación mediadora. En lo personal, disfruté el recorrido y destaco un ejercicio curatorial acertado. Durante breves conversaciones con varios de los artistas presentes, se percibía su satisfacción con el acompañamiento de Mikaela, quien no solo guio el proceso de selección, sino que logró aterrizar y estructurar sus ideas en una sola propuesta expositiva de carácter colectivo.

La reflexión, por tanto, transita no solo por las lecturas del público, sino por la valoración de la práctica curatorial, un rol frecuentemente incomprendido. Lejos de ser una mera disposición espacial de obras, la curaduría constituye un acompañamiento cercano que traduce conceptos y búsquedas individuales hacia un espacio expositivo tejiendo una narrativa coherente. Un desafío constante para quien asume la tarea de armonizar diversas voces y lenguajes en un mismo espacio.




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