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Manchas y poesía en la obra de Álvaro Pazmiño

Foto del escritor: María Elisa Flores
María Elisa Flores
17 feb 2019
6 min de lectura

Actualizado: 24 may 2020

UN JOVEN PINTOR ECUATORIANO NOS DEJA HUSMEAR EN SU VIDA Y EN SU OBRA, DONDE ENCONTRAMOS UN MUNDO QUE GIRA A SU PROPIO ANTOJO.


Fotografía cortesía de Oscar Pazmiño

“Yo no creo en la bestia de la inspiración, yo cultivo el espanto como una ciencia”, con esta cita del poeta español #LeopoldoMaríaPanero empieza #ÁlvaroPazmiño la reflexión sobre su obra.

Nació en Quito, en enero de 1989, y creció rodeado de libros de poesía y enciclopedias de arte. Cuando niño descubrió en una de estas enciclopedias a #Dalí #VanGogh y #Picasso quienes se convirtieron en sus artistas preferidos; es más, dice que a los veintiún años, cuando ya había decidido dedicar su vida a la pintura, creía que era una mezcla de los tres, pero que al final no pudo ser ninguno, fracasó y aprendió del fracaso: quizá ese fue el comienzo para hallar una identidad propia. Es un apasionado de la poesía y la literatura. Menciona asiduamente a Panero, Jorge Luis Borges, Shakespeare, y nombra también a los escritores ecuatorianos Javier Lara Santos, Juan Carlos Cucalón y Huilo Ruales, a quienes admira. “El arte llena todo lo que necesito”, dice. Cuando habla de impactos, de aquello que lo ha asombrado y acaso desestabilizado, nombra la influencia de los españoles #Picasso y #AntoniTápies “Tápies ataca la sensibilidad de un modo exquisito”, dice, y asegura haber encontrado a través de él una especie de camino hacia la luz. A Álvaro no le interesan el arte tradicional ni el realismo absoluto. Describe el estilo de su obra como violenta, agresiva, tosca, y se define como un fanático del óleo y el gesto en la pintura que puede ser representado con manchas (mucho más que simples trazos). Pretende transmitir lo que es bello en esencia y no en apariencia, y cree que las #pinturas no tienen significado, que el significado de una pintura es otra pintura y que toda la pintura es una sola. Empezó a pintar de forma autodidacta cuando era niño, después de que su padre le regalara sus primeros #óleos “Estoy totalmente consciente de mis traumas, por eso no los pinto. Pinto cosas que me hacen acuerdo de todos estos fantasmas que llevo dentro. El que no se permite estas sensaciones de tristeza y dolor está envenenado por la cultura de masas, donde te enseñan a ser feliz antes que curioso”, señala.



El viaje que marcó su vida

En 2014 recibió otro regalo de su padre, matemático de profesión, pero que comparte el gusto por el arte con su hijo. Juntos recorrieron Europa con la única finalidad de visitar la mayor cantidad de museos posibles en el lapso de tres meses. Iniciaron el recorrido en Ámsterdam, en el Museo de Van Gogh, donde sintió que cada cuadro estaba vivo: pudo sentir el frío del viento, el movimiento del césped y las nubes. Después visitó la casa de Rembrandt; luego fue a Bélgica y conoció el Rijksmuseum, donde vio obras de Van Dyck, Jan van Eyck, y Magritte, entre otros. También tuvo la oportunidad de estar presente en ferias de arte donde se da cita todo el mercado internacional. En París visitó el Pompidou, el Museo de Orsay y el Louvre. En Barcelona no se pudo perder la visita al museo Picasso (el rey de los pintores del siglo XX para Pazmiño) y la Fundación Miró; en Venecia se deleitó con las obras de Tintoretto y en Alemania con las de Munch. Su última parada fue Roma, “una ciudad construida por un ejército de artistas”, como dice Álvaro.



Sus inicios y su trayectoria

A su retorno a Ecuador, fascinado por todo lo que había aprendido en el viaje, empezó una nueva etapa dentro de su producción. Motivado por los pintores españoles, se enfocó en la corriente del #informalismo, centrándose en la expresión y los efectos que logran distintas #texturas Mezcló los colores con arena, polvo de mármol y yeso; también agregó varios elementos al lienzo, como pedazos de juguetes encontrados, huesos y piedras. Con esta nueva propuesta buscó galerías que le permitiesen difundir su trabajo, pero se encontró con un ambiente hostil que lo desanimó. Empezó a recorrer diferentes espacios “en busca de algo” y así, no sin esfuerzo, conoció la Galería Ileana Viteri, cuya dueña fue la única que le abrió las puertas y se interesó por la obra. Ahí realizó dos exposiciones, una colectiva en 2015, “A trazo limpio”, y una individual en 2016, “Subterráneo”. Ileana no sólo creyó en su propuesta, sino que también compró un par de obras y le dio un espacio permanente en la galería durante dos años. Pasado este tiempo sintió que cumplió su ciclo con la #galerista y buscó inspiración en su taller para iniciar una nueva serie de obras. Al cabo de poco apareció en su vida un mecenas que auspició su más reciente producción, le proporcionó el mejor material para pintar y un sueldo mensual, para que trabajara tranquilo. Con estos cuadros hizo una exposición individual en 2017, “De la cabeza”, en #SirkaGalería –ubicada en el barrio de San Marcos– y otra colectiva en 2018, “Quíntuple”, en #PentasieteArt estudio de Cumbayá.

A finales de este año trasladó su obra a la Alianza Francesa de Quito, y sobre esta experiencia reflexiona, “Nadie me compró nada, nuevamente Quito me dejó el sabor del dolor. Esta exposición me costó mucho trabajo y la inversión fue grande, todas mis obras estaban enmarcadas. Creo que el público no estaba listo para digerirlas”.



Su formación artística

Álvaro decidió, desde hace mucho, ser autodidacta. Ingresó a la Facultad de Artes de la Universidad Central en el 2012, pero asistió a clases solamente un semestre. No le gustó la oferta académica que proponía la universidad y pensó que podría aprender más en los libros y en el ejercicio cotidiano. Asistió a dos cursos de apreciación del arte con Ileana Viteri, mientras exponía en su galería. A partir de ahí su percepción del arte se agudizó y empezó a devorar visualmente toda obra que estuviera frente a él. Ya no de manera empírica, sino con una nueva perspectiva, más analítica y reflexiva. Parte de su formación consiste en asistir a talleres prácticos con artistas como Jaime Zapata, Edgar Carrasco, Luigi Stornaiolo y Wilson Pacha. Aunque, dice, “En el arte se mata al padre”. Si bien se siente atravesado por algunas corrientes y artistas, al momento de crear su propia obra tiene que anular este bagaje para ser él mismo e independizarse con un nuevo lenguaje, un lenguaje propio cuyo significado no se puede ver.



Sobre su obra

Durante sus nueve años de trayectoria y sin un estilo fijo que lo defina todavía, el artista ha experimentado diferentes corrientes que giran en torno al #informalismo En este momento su principal influencia es el arte povera -movimiento artístico surgido en Italia- y dos de sus exponentes: Pierre #PaoloCalzolari y #PinoPascali El arte #povera o “arte pobre” aparece en la década de los ‘60 del siglo XX, y se caracteriza por el uso de materiales “pobres” dentro del lienzo, como plantas, tierra, piedras, ramas y pedazos de telas que se van deteriorando y a la vez transforman la obra. Surge a manera de protesta contra el arte tradicional y se concentra en la expresión de las emociones, rechazando la estética como sinónimo de belleza.

El objetivo de Álvaro es buscar la consciencia, llegar a trascender y lograr cierta sofisticación en el arte, confiando siempre en su intuición. Ahora comparte en su estudio todo lo que ha aprendido teórica y prácticamente con artistas que recién están empezando.




La temática

“Mi obra se relaciona con un sentimiento. Yo no pinto lo que he vivido, yo pinto lo que quiero pintar y es inevitable que la vida se manifieste ahí, en mis pinturas”, dice Álvaro, que actualmente trabaja su serie “Negro sobre negro”. Estas son obras monocromáticas ejecutadas en gamas de negro, que desafían al espectador a descubrir figuras camufladas en los fondos: “Este color me fascina porque la materia negra tiene más capacidad para atraer luz. El negro tiene cuerpo y textura, me permite lograr profundidad. El negro es el petróleo, los pozos inconfesables del alma”.

Otra de sus imágenes referenciales e icónicas es el cóndor, que para él tiene varias connotaciones. “El cóndor es Quito, ciudad andina, un símbolo para el ecuatoriano, un animal sofisticado que se alimenta de la carroña”. De aquí nace su serie de cóndores negros, donde los abstrae y los convierte en gestos. No desea representar figurativamente a este animal, ni de manera realista como lo haría una fotografía. Su intención es captar el vuelo, la pose, la presencia y sagacidad de esta criatura a través de la abstracción. El cóndor está ahí, presente en su obra, pero a veces se lo puede ver, otras no. Pazmiño siente que es en el dolor donde se encuentran las cosas maravillosas. Le interesa hablar del ser, de la presencia, de la realidad de la vida y de lo bello en el dolor. Busca imágenes que intuye y trabaja fuertemente con el inconsciente que aflora siempre en sus creaciones.



Paralelamente realiza una serie de retratos, con una cromática diferente que sale de la #monocromía Retratos de personajes de la noche, esos que emergen de la fiesta y la bohemia, sujetos que registra en su memoria y que después surgen espontáneamente en el lienzo. Él las llama sus “obras inmediatas.” En sus pinturas al óleo sigue añadiendo –a manera de símbolos– materiales extra pictóricos como polvo de mármol y objetos encontrados, enseñanza que le dejó el #informalismo En sus últimas producciones desea condensar todo lo estudiado en los libros y a través de sus maestros, fundir y depurar.


Este artículo fue publicado originalmente en revista #MundoDiners de Diciembre del 2018. Por #MaríaElisaFlores #críticadearte @soyartecuador

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